Quién inventó la anestesia

Quién inventó la anestesia



El inventor de la anestesia es el norteamericano William Morton (1819-1868) el 16 de octubre de 1848 en el Massachusetts General Hospital (Bostón). En esta fecha realizó la primera intervención quirúrgica a una paciente a la que hizo inhalar gas éter para que no sufriera dolor. Siendo todo un éxito.

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Hasta ese momento la cirugía era de una crueldad difícil de imaginar. A un cirujano se le valoraba, entre otras cosas, por la velocidad a la hora de operar. De esta manera el paciente sufría durante menos tiempo.

Y, entre las discusiones técnicas, se hablaba de cuántos hombres tenían que sujetar la pierna del paciente, o de cómo evitar que los gritos de los pacientes asustaran los que estaban fuera esperando su turno.

Naturalmente, desde siempre habían buscado tratamientos para calmar el dolor. Los asirios ya usaban hachís o mandrágora para aliviar el dolor y, a lo largo de los siglos, todas las culturas han buscado remedios para calmar el sufrimiento físico, pero los resultados eran, como mucho, modestos. Nada que permitiera enfrentarse a una operación quirúrgica.

El caso es que durante el siglo XIX ya se empezaron a probar diferentes gases para calmar el dolor o para hacer espectáculos. Uno de estos gases era el óxido nitroso, que los feriantes llamaban gas de la risa porque dejaba quienes el aspiraban en un estado de euforia similar al alcohólico.

En 1844 Horacio Wells vio como una persona a la que habían hecho respirar este gas, mientras corría riendo, se golpeó una pierna, se la rompió, pero siguió riendo, aparentemente sin notar el dolor. Al día siguiente probó en sí mismo los efectos de aquel gas. Hizo que le sacaran una muela tras inhalar el óxido nitroso. Como no notó dolor, repitió el ensayo en varias ocasiones, casi todas con éxito.

dónde se creó la anestesia
William Morton es el padre de la anestesia moderna



Pero en la vida, además de ser brillante, hay que tener un poco de suerte. Cuando hizo la demostración ante la élite de los cirujanos, la anestesia no funcionó, el paciente gritaba de dolor y la demostración se consideró un fracaso.

Ahora se cree que el problema fue que el paciente era un hombre con obesidad. La cantidad de gas que le hicieron respirar era suficiente para una persona normal, pero el gas se disolvió todo en la grasa del paciente y en llegó muy poco a su sistema nervioso, que no se anestesió.

Durante un tiempo la cosa quedó desprestigiada y la carrera del pobre Wells, también. Pero en el año 1848, un ayudante de Wells, William Morton, hizo otro intento. En este caso usó éter y la intervención era para sacar un tumor del cuello de una paciente.

Puso una esponja impregnada con éter en una botellita de vidrio e hizo que la paciente lo inhalara. Una vez anestesiada, dejó que el cirujano, el doctor Warren, cogiera el bisturí y le hiciera un corte a lo largo del lado del cuello para extraer el tumor.

La mujer no hizo ninguna exclamación. Una vez terminado, dicen que Warren se dirigió al resto de colegas que lo observaban y exclamó: » Señores, esto no es ningún engaño«.

A veces los grandes momentos de la humanidad se pueden asociar a una frase que presuntamente se pronunció en ese instante. Lo de «Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad» o «Alea jacta est«. Pues, en la historia de la anestesia y de la lucha contra el sufrimiento físico, la frase en cuestión fue «Gentlemen, this is no Humbug«, es decir, «Señores, esto no es ningún engaño«.

En la ciudad estadounidense de Boston está el Massachusetts General Hospital, o, como lo conocen allí, el Mass General. Como en toda buena construcción a la americana, hay grandes jardines con ardillas que corren por las ramas de inmensos árboles alrededor de grandiosos edificios.

Pero, en medio de todos los edificios, hay una construcción más antigua, de color blanco y con una cúpula encima. Allí tuvo lugar, el 16 de octubre de 1848, uno de los grandes momentos de la medicina: la primera intervención quirúrgica con anestesia.

Hoy, todavía se puede visitar aquel lugar tal como era hace ciento cincuenta años. Enseguida fue rebautizado con el nombre de la Cúpula del Éter (The Ether Dome). Y, si un día vas por Boston, vale la pena dedicar un rato a pasear por aquella pequeña sala en forma de anfiteatro donde comenzó una nueva era para luchar contra el dolor.

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